Viaje Nocturno De Un Escritor

Dicen que mañana me ahorcaran en el parque principal, y que habrá misa de cuerpo presente, quema de cohetes y banda de música, para que sirva de escarmiento a mis compañeros; pero yo confieso que soy inocente de lo que me acusan, que mi conciencia está limpia como un diamante; se lo juro, por los huesos de mi madrastra que están en el museo; yo simplemente esa noche, de los sucedido, estuve viajando a Concochinan para presentar el cuento, Viaje Nocturno de un Escritor, en los Juegos florales convocado por la Universidad Los Luceros. Estoy convencido que Viaje Nocturno de un Escritor es un cuento mal agüero porque cuando el anteaño pasado lo envié a Francia para un concurso literario, uno de los miembros del jurado calificador se había suicidado en plena lectura, y dentro de un ataúd me enviaron el cadáver; el año pasado, lo envié a Colombia; como respuesta, leí en un periódico, que el cartero, el cual tenía por costumbre violar la correspondencia, había sido atacado por el mal de la tartamudez. Por eso esta vez decidí quemar el original aun los primeros bocetos del cuento, pero mis amigos del Grupo Literario Pirca se opusieron rotundamente, y más bien espontáneamente financiaron mis pasajes para que lo trajera, personalmente, a este pueblo que solo conocía de nombre. A las siete de la noche partí de Chalamar. El paisaje se dibujaba con los rayos de la luna y el claror de las estrellas. La pista como una cinta negra se perdía por el desierto. En la berma, de vez en cuando, se ponían de pie una, dos o más cruces. El viento golpeándose la boca en los páramos levantaba nubes y pájaros dormidos. Por una ventana entraron dos lechuzas y un pelicano que, con sus graznidos y aleteos asustados, despertaron a la mayoría de pasajeros algunos lanzaban carcajadas y otros tiraban maldiciones por haberles quitado el sueño o ensuciado la ropa; el chofer continuaba manejando el ómnibus con toda tranquilidad; el, según los comentarios, estaba acostumbrado a presenciar estos percances y otros más, y que los contaba solo cuando bebía unos tragos de pisco.


Cuando estuvimos en el corazón del desierto el ómnibus se detuvo bruscamente subió una señorita; claramente el viento agujereaba su chompa a blanca y su vestido celeste. ¡Que hermosa mujer!, espigada, alta, mejillas rosadas, ojos resplandecientes, cabellos rubios, sonrisas angelicales; mi corazón se reventaba, quería hablar. Este asiento está desocupado, informo el controlador señalando el número siete que estaba a mi costado izquierdo. Buenas noches señorita. Buenas noches caballero, mejor, buenos días porque ya son las tres de la mañana; imagínese, nadie ha querido recogerme; más de tres horas botada allí en el páramo. No sé de donde saque valor y le dije: quiero tocar tus manos, deben estar frías. Eso es poco, están heladas. Su respuesta me indujo para darle mi casaca. Ponte, amiga, con toda confianza, como tú ves yo estoy bien abrigado, quedo aún con chompa y bufanda y, dime, ¿Viajas también a Concochinan? Si, alii vivo. ¿Estudias? Enfermería, en la Universidad Los Luceros. ¡Qué bien!, me gustaría saber tu nombre. Lesisgua Sucse, ¿Y el tuyo? Adelino Claridel, vivo en Chalamar, estoy viajando a Concochinan para dejar un cuento en la Universidad Los Luceros. ¡Ah!, vas a presentarte en los juegos florales, me interrumpió, yo también concurse hace tres años, me gustaría leer tu creación literaria. Amablemente le entregue el folder con el cuento.

Después que termino de leerlo, me miro con una sonrisa mojada y dijo: quiero que me autorices para copiarlo mientras el ómnibus avanza su marcha, pero como noto que tienes cierta desconfianza, toma mi anillo, póntelo, y en este autógrafos anota algún verso tuyo y fírmalo. Muy bien, conteste a secas, un tanto desconcertado, pero de inmediato reaccione y le dije, amablemente, como voy a desconfiar de ti niña hechizadora; sonrió suavemente y se reclino en mi hombro; aproveché aquel instante para darle un beso. Sus labios estaban gélidos como trozos de hielo.

Mientras ella copiaba el cuento apoyada en ambas rodillas, observe el anillo el cual había sido de su promoción; luego pase la mirada al autógrafos: tenía poemas, dedicatorias, direcciones, firmas. Mis ojos rápido viraron hacia su rostro. Mire y mire estuve largo rato, ella ni siquiera volteo la mirada; atentamente proseguía anotando. Estaba tan absorta en la escritura que ni siquiera se dio cuenta de mis bostezos y estirones de brazos que luchaban contra el sueño; prácticamente dos noches consecutivas no había cerrado los ojos; la noche anterior la hube pasado discutiendo con mi esposa. Ella decía que soy un ocioso, haragán, que me contento con lo poco que gano, como secretario del Concejo de Chalamar, tan solo por dedicarme a escribir cuentos y novelas que sirven para incrementar la basura. Por eso, ahora mi cabeza parecía una pelota bailando sobre un dedo; los parpados, pesadas cortinas; el sueño, un rio de aguas tibias y adormecedoras. Me quede dormido.

Pueden bajar señores pasajeros, ya estamos en el terminal, anuncio una voz altisonante, trasnochada. Naturalmente yo di un sobresalto abriendo los ojos. Seguro habré roncado como cerdo, ¡Qué vergüenza!, ¡pero Lesisgua no está! Bajo en la entrada de Concochinan, dijo el controlador rascándose la cabeza. Se ha llevado mi casaca y el cuento. Menos mal aquí en el autógrafos esta su dirección: Calle Las Amapolas N°- 854. Concochinan. Tome un taxi. En menos de diez minutos llegue a la dirección ansiada. Toque la puerta. ¿A quién busca?, preguntó una señora llorosa, bostezando. A la señorita Lesisgua Sucse. Ella murió hace tres años en un accidente automovilístico. Mentira, señora, no está muerta, hoy he viajado con ella desde las tres de la mañana, y para mayor prueba aquí tengo su anillo y un autógrafos que me dio en el viaje. Si es así, pase caballero, pero tiene que esperar un momento.

A la carrera salió del interior una señorita parecida a Lesisgua, posiblemente era su hermana menor, también linda flor, y con la misma prisa se fue a la calle. Después de un rato llego con tres policías armados. La señora entre lágrimas informo a los gendarmes que en esa casa, en la noche anterior, habían robado dinero, artefactos y joyas y que, entre esos artículos robados, estaba el anillo que portaba en mi dedo el cual pertenecía a su finada hija Lesisgua y que, los malhechores habían olvidado una casaca de cuero con una libreta electoral que responde al nombre de Adelino Claridel. ¿Y tú cómo te llamas? Adelino Claridel, jefe. No hay nada que hacer; toda esta más claro que la luz del sol, dijo el policía gordo empuñándome del cuello, tú eres uno de los sujetos que han robado a estas mujeres indefensas. ¡Sube carajo! Esposado, a patadas e insultos me condujeron a esta celda, y ahora dicen que mañana me ahorcaran en el parque principal.

Paredes de viento | Andrés Díaz Núñez

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